From Microvidas

El totosoma de la Sierra

Arhuacos, Kogis

 

Guiados por el mamo, entre piedras y ramajes ellos descendieron a ver Atínkana. Lugar en el que mar oficia diariamente el matrimonio entre el cielo y la tierra. A medida que avanzaban sus pies se hundían lentamente en la arena. Los gruesos granos se les adherían a sus dedos y a la planta de los pies protegiéndoles del sol.

– Antes el mar estaba en todas partes. El mar era la madre. Por ello debemos acercarnos a la orilla – dijo uno de ellos.

El viento mecía sus túnicas blancas.

– Ya hemos visto el corazón, las venas, los músculos, y los vellos de KakV- Serankua. Allá dentro del mar, está uno de sus huesos, dijo el mamo señalando la piedra de color marrón que sobresalía entre las olas.

El grupo se arrodilló frente a la roca que brillaba por los constantes baños de las olas. Bajaron la Mirada en señal de reverencia. El rugido del mar les daba la bienvenida. Las olas reventaban cada vez más cerca de ellos. Los saludaba mojando sus pantalones, sus piernas, sus vellos, su piel.

El mamo inicio el ritual. – ATI, hoy te visitamos y yo vengo a ofrecerte mi totosoma. Alto y blanco como los picos de la Sierra. Mi totosoma me protege. A mi y a mi cabeza. La nieve en lo alto de la montaña es el gorro blanco que protege al resto de su cuerpo, a los bosques, a los animales, a nuestros ríos. No dejes que desaparezca. No dejes que se lo quiten. “Porque al quitarnos el gorro, la cabeza se calienta y el cuerpo se seca”.

 
Nota: Algunas frases del último parrafo fueron dichas por el mamo Norberto procedente del Valle de Nabusimake.

I’l vostro destino

Navigli - Milán
Navigli – Milán

El fin de la tarde baña las calles de Navigli con un tono azulado. A lado y lado del canal caminan lentamente cientos de personas haciendo que el calor sea aún más intolerable. Desde mi silla veo a un hombre tropezarse con el altibajo del pavimento, a una señora golpear a otra por mirar las fachadas de coloridas de los edificios, a un señor detenerse para aplicarse repelente contra insectos y un perro que ladra continuamente.
En medio del tumulto se abre paso un hombre de camisa de cuadros azules. Tiene cabellos canosos y piel tostada. Él se detiene por unos segundos.  Da dos pasos atrás y uno adelante, como si bailara. La gente lo mira. Él levanta su mano al aire y hace un gesto como si saludara a alguien en medio de la multitud.
Yo lo observo fijamente mientras tomo un trago de cerveza. Él se acerca a mi y me entrega un papel doblado. Me hace una venia y vuelve hacer unos pasos de baile. Yo saco una monedas de mi bolso y se las entrego. Él sonríe y yo veo como las arrugas de sus rostro se vuelven mas profundas.
Mostrando mi cámara le pregunto -¿Te puedo hacer una foto?. Él asiente con la cabeza. Él hombre de la camisa de cuadros toma su carrito lleno de cachivaches y lo posiciona frente a él. Abre los brazos como si fuera a recibir un abrazo y sonríe mostrándome sus dos únicos dientes frontales.
Clic, Clic.
– ¡Gracias! le digo.
Él levanta el pulgar y sigue su camino con su carrito lleno bolitas de lana, piedritas de cristal, carpitas de circo, ositos de peluche y un papagayo de colores que parecía mirarme mientras hacia la foto. Me siento nuevamente y tomo entre mis manos el papel que el hombre de la camisa de cuadros me dio con anterioridad. En el hay dibujado un papagayo parecido al que estaba en su carrito lleno de chécheres. En el cuarto de página está escrito “I’l vostro destino”, los números 28, 22 y 48 y otras cosas que no puedo entender, pero al final de la hoja hay un texto que dice, “I’l papagallino, porta fortuna y felicitá”.
– Tengo suerte, pienso. Lo capturé en la foto.

 

Las ciruelas de Gotthard

Hombre cerca al tùnel de Gothard
Hombre cerca al tùnel de Gothard

El navegador de Google Maps mostraba una línea roja en la ruta justo antes de la entrada al túnel de Gotthard en Suiza. Una hora de retraso por congestión se podía leer en la alerta de la pantalla.

– Estar ahí parados por más de una hora nos va a dejar muy cansados. Apenas llevamos tres horas de viaje. Lo mejor será que tanquear el carro, comprar más agua y comida porque tal vez nos va tocar esperar más – dijo Sebastiaan, mientras aferraba una de sus manos al volante y con la otra sostenía una botella de agua
– De acuerdo, un baño tampoco estaría mal – dije yo.

En el tablero del automóvil se podía ver en color naranja 12:35pm. El sol brillaba sobre las montañas que emergían a lado y lado de la carretera.
– ¡Mira! ahí parece haber una gasolinería de las antiguas y eso parece con una tienda. Ahí buscaré un baño – dije yo.

Al conducir un poco más de cerca vimos que la gasolinera no estaba en funcionamiento, pero igual decidimos detenernos para ver si había un baño disponible. Aparcamos el auto en un parqueadero en el cual solo podían estacionarse tres autos. Al lado había un jardín con el pasto alto y un árbol frondoso en el centro. Al bajarme del auto sacudí todas las migajas de galletas que tenía en mi camiseta roja, vi como ellas caían al piso. Al levantar la mirada, un hombre de edad media me observaba desde el jardín. Me dio un poco de vergüenza porque pensé que le había molestado el hecho de que me sacudí algunos pedazos de comida casi al frente de su casa. Decidí no prestar mucha atención y camine hacia lo que tenía el aspecto de una tienda de gasolinera. Al acercarme me di cuenta que era un taller mecánico. A través de la puerta deslizante de vidrio se podían ver partes de automóviles y herramientas regadas por el piso, pero no había nadie en su interior. La puerta estaba cerrada.
Me devolví rápidamente hacia el automóvil y vi al hombre que me observaba desde el jardín acercarse a mi. Sin camisa, con su barriga al frescor del aire de la montaña y con una sonrisa en su rostro. Su cabello canoso y su bigote prominente hicieron que recordara a mi padre. Pensé que me diría algo sobre las horas de apertura del taller. Pero lo vi extender sus manos hacia mi. En ellas traía más de una docena de ciruelas. Las puso en mis manos. Torpemente agarre las que pude y algunas cayeron al suelo. Él las recogió y me ayudó acomodarlas entre mis manos y mi pecho. Lo miré sorprendida, sentí como todos los músculos de mi cara se movían de alegría. Le sonreí.

– ¡Muchas gracias! –  le dije.

El hombre me dio la espalda y volvió a su jardín. Yo no había llegado al automóvil cuando él hombre con su pantaloncito beige regreso con mas ciruelas entre sus manos. Coloqué todas las ciruelas dentro del auto y me devolví al jardín a darle las gracias al hombre. Al regresar al automóvil, comí varias de las ciruelas. Eran carnosas, dulces. Su jugo me refrescaba y se sentía liviano en el estómago.
A la mañana siguiente volví a desayunar con las frutas que quedaban. Comí una tras otra prestando poca atención a los otros alimentos que habían en mi plato. Tiré todos sus restos.  Dos días después quise escribir un texto pero recordé que mi libreta de anotaciones seguía en la parte trasera del auto. Baje al parqueadero, me dirigí a nuestro auto color aguamarina y abrí la portezuela. Tomé mi libreta. Decidí revisar si no había algo más que recoger. Encontré algunos papeles, una manzana roja, y en la portezuela delantera derecha, una de las ciruelas con su piel morada rota y sus jugos derramándose. Llevé la fruta que se goteaba entre mis dedos al apartamento. La puse bajo un chorro de agua, quite todas sus carnes y lave su semilla. La cual sembraré y esperaré a que sea un árbol frondoso. Así, con cada una sus cosechas, haré feliz a un desconocido con un puñado de ciruelas.

Horas nocturnas

Canal de Venecia
Canal de Venecia

Tu noche es una pausa que esconde los cabellos lisos, ensortijados y crespos que vi entre tus calles. Los ojos que miraban curiosos su alrededor o que a lo lejos derramaban una lágrima. Esas pieles bronceadas que tropezaron conmigo. Los pasos cortos o rápidos que daban las parejas agarradas de la mano.  Tu cielo limpio, la luz dorada que cae sobre tus balcones, el rosa y amarillo de las paredes de tus casas, el ruido de los pedazos de pintura que caen lento en el verde esmeralda de tus canales y que es acallado por el cántico de los gondoleros. Venecia, tus horas nocturnas guardan la calma que se necesita para caminar por tu calles en el día y la quietud que necesita la mente para evocar cada una de tus esquinas.

200 tapas de botellas 

Cuando destapamos una botella de agua o de gaseosa, no imaginamos que esa pequeña pieza plástico puede tener un alto valor. Zulay, una Colombiana que a sus 11 años se vio afectada por los grupos armados que hacían presencia en la Palma – Cundinamarca, me lo mostró. Ese día los narcisos se empezaban a despertar. Antes de continuar, vale hacer la reflexión de que en una ciudad tan cosmopolita como Ámsterdam es normal ver diariamente a personas caminando en la calle con sus vestidos de superman, conejo, pirata, o grupos de amigos portando coronas en forma de celebración, porque alguno de ellos se va a casar.

 

Zulay 4

Esa tarde de primavera, Zulay y yo caminábamos por la Tweede van der Helststraat, ella portaba un vestido blanco, amarillo, azul y rojo. Los rayos dorados de un sol que calentaba poco se posaban sobre su rostro y su sonrisa. Para mi sorpresa, por primera vez en mis 3 años en Ámsterdam, vi personas acercarse a alguien que portaba un vestido “diferente” para pedirle fotos, hombres y mujeres se bajaban de sus bicicletas para decirle a Zulay que se veía hermosa, los niños corrían a abrazarla. Muchas de las personas que se le acercaban le preguntaban cuáles eran sus razones para estar en Ámsterdam. Ella les contestaba que vino a contar su historia. De como ella y su familia fueron desplazados por los grupos armados que hacen presencia en diferentes zonas de Colombia, de lo que significa después de vivir en el campo, enfrentarse a una ciudad de 9 millones de habitantes como lo es Bogotá, donde la violencia te ataca de una manera diferente.

Zulay, desde hace algunos años también se ve afectada por un cáncer, al momento en remisión. Una leucemia que fue debilitando su cuerpo, pero no su entereza. Zulay, para continuar con fuerzas se unió a trabajar con la fundación Integrarte, donde a través del fútbol ayuda a mujeres jóvenes de escasos recursos a estar lejos de problemas tales como la adicción a las drogas, las pandillas y los embarazos prematuros. Pero además de esto, Zulay juega y promueve el fútbol como medio para llevar a la reconciliación y al perdón entre víctimas y victimarios de la violencia en Colombia. Zulay, nos contó que para acceder a las prácticas de fútbol, pertenecer al equipo y viajar a Europa a competir en mundiales de fútbol, las chicas participantes solo deben llevar 200 tapas de botellas. Las cuales se venderán y luego el dinero recogido será donado a una fundación de niños con cáncer. Por ello en el ocaso de un 4 de abril, Zulay me ayudó a entender el valor que se le puede dar a 200 tapas plásticas. Esas que botamos a la basura todos los días. Esos plásticos, monedas simbólicas les empezaré a llamar desde ahora, pueden enseñarte a jugar fútbol, hacerte viajar por el mundo, proteger a los niños con cáncer y ayudar a la reconciliación y construcción de paz en un país como Colombia.

Zulay 2

 

Microvidas 89

Ayotzinapa Students
Protesta por los estudiantes de Ayotzinapa en Vondelpark 2015

43 es solo un número. Pero cuando cada número toma un nombre, deja de ser una cifra. Son 43 almas, 43 familias, 43 futuros borrados en una noche. La línea entre lo legal y lo ilegal se desdibujó un 26 de septiembre. Hoy alrededor del mundo se escuchan voces que los llaman. Carlos Ramírez Villarreal, Felipe Rosas, Israel Lugardo y sus 40 compañeros. -¿Dónde están?.